À deux mains



En el camino las flores florecen.

Todas orientan su rostro hacia el sol,

buscando abrigo y claridad.


Tal vez amamos como ellas:

inclinándonos hacia el calor

capaz de colmar

algún espacio del corazón.


Alguien habló alguna vez

de amar a dos manos.

En aquel instante no lo comprendí.


La ignorancia —o la falta de experiencia—

es a veces un velo

que nos aparta de lo real.


El tiempo,

ese silencioso maestro,

termina revelando

lo que la prisa del presente

no alcanza a nombrar.


No todas las respuestas

habitan en el hoy.

Algunas se gestan

en la paciencia del mañana.


A veces contemplamos una flor

y, antes de permitirle

alcanzar su plenitud,

sentimos el impulso de poseerla.


La arrancamos

y la declaramos nuestra.


Pero aquello que se toma

sin comprender su naturaleza

termina, inevitablemente,

marchitándose.


Entonces surge la pregunta:

¿qué buscamos realmente llenar?


Si hoy lo tradujera en un lienzo,

te vería de pie,

sosteniendo flores entre las manos.


No para nutrir el alma,

sino para adornar la mirada.

No para amar,

sino para ocupar un vacío.


Y entonces comprendí:


¿amar a dos manos?

¿a tres?


Tal vez el amor

nunca se trató

de cuántas manos.


Sino de aprender

que algunas flores

no necesitan manos,

sino tiempo

para florecer.


Ruth Cavero.