ESTELA
CÁRCEL DE AIRE
Te veo buscando siempre el dolor,
como si el silencio fuera una tregua
que solo ampara
lo que no sabes soltar.
Como si la dicha te resultara ajena,
un idioma que nadie te enseñó a hablar.
Y, aunque sonríes,
una extraña melancolía se posa en tus ojos.
Me pregunto si el sufrimiento es tu peregrinación,
si desde que llegaste al mundo
no conociste otra cosa
que paredes y dolor.
Cuando te besaban y luego te golpeaban,
sentenciando: "Lo hago porque te amo",
no sé qué dejaron grabado en tu alma;
hay mentiras que envejecen
sin abandonar la sangre.
Te encerraron en una cárcel
donde, aunque las puertas estén abiertas,
no logras escapar.
Ella te miró a los ojos,
te abrazó y te dijo: "Te amo".
Pero maldijo tu nacimiento
antes de que el eco se apagara,
reprochando incansable
cada caricia que alguna vez te dio,
hasta convertir cada abrazo
en una deuda.
Y ahora, aunque se fue,
la escucho en tu voz.
En cada nota que le cantas,
diciéndole al vacío que la extrañas.
Ella murió.
Y se llevó todo,
menos la cárcel.
Ruth Cavero.
Amores sin cuerpo
Me dejé caer
al fondo del abismo,
buscando el eco
de aquello que dolía.
Ciega de mí misma,
analfabeta de mis propias raíces,
caminé durante años
sobre heridas disfrazadas de silencio.
Camuflé el dolor,
negando la grieta,
como si ignorarla
pudiera salvarme de sentir.
Pero las cicatrices
también tienen memoria.
También respiran.
También reclaman
su derecho a existir.
Entonces hizo falta la penumbra.
El instante exacto
en que el alma, cansada de esconderse,
decide desnudarse frente a sí misma.
Y allí estaba yo,
sumergida
en un mar de agua salada,
viendo cómo flotaban lentamente
los restos de antiguos naufragios.
Dolores dormidos.
Miedos heredados.
Vacíos sin nombre.
Uno a uno
salieron a la superficie.
Y una a una, también,
me fui encontrando de nuevo.
De la debilidad
forjé mi armadura.
De las ruinas
construí un barco.
Y con manos temblorosas,
aprendí a navegarme.
Ahora sé
que la luz también existe
dentro de las tormentas.
Que incluso en la noche más oscura
había algo guiando mis pasos,
aunque mis ojos
no pudieran verlo todavía.
Nunca estuve sola.
Nunca.
Hay amores que no tienen cuerpo
pero sostienen.
Pensamientos que alguien envió al aire
sin saber adónde iban,
y llegaron, exactos,
al lugar donde yo me rompía.
Alguien, sin conocerme del todo,
me amó de todas formas.
Alguien pronunció mi nombre
dentro de su pecho
sin saber que lo hacía.
Y algo más vasto que todo eso
sin forma, sin distancia, sin frontera
nunca soltó el hilo.
Y hoy,
después del derrumbe,
del invierno,
de las mareas rotas,
comprendo al fin:
soy amada.
Soy guiada.
Y lentamente,
después de tanta sombra,
ya no le niego
la cálida luz
de la que mi alma es dueña.
Ruth Cavero.
LA FIDELIDAD AL ORIGEN
Permites que la nocturnidad soberana
se adueñe, sin resistencia, del instante;
y en ese abismo de penumbra consentida
te disuelves, te otorgas, te consagras…
con la limpidez irrefutable de lo verdadero.
La tierra —arcana, fecunda—
custodia en su entraña las simientes purísimas,
promesas intactas de una expansión luminosa,
un devenir que sólo admite lo excelso,
lo inmaculado, lo digno de perpetuarse.
Sembrar…
¡qué acto tan simple en su apariencia!
Casi ingenuo, casi divino,
como si bastara la intención
para convocar la perfección.
Pero no…
no es en el gesto donde habita la prueba,
sino en la espera,
en la custodia silenciosa del crecimiento,
en la fidelidad al origen.
Anhelo frutos de luz,
cosechas de esencia incorrupta,
verdades que no titubeen
ni se marchiten ante la duda.
La mentira —aun ínfima, aun susurrada—
no germina en lo sagrado.
No existe sol que la redima,
ni agua que la purifique.
Porque lo falso,
aunque disfrazado de semilla,
nunca conocerá
la eternidad de lo vivo.
Ruth Cavero.
À deux mains
En el camino las flores florecen.
Todas orientan su rostro hacia el sol,
buscando abrigo y claridad.
Tal vez amamos como ellas:
inclinándonos hacia el calor
capaz de colmar
algún espacio del corazón.
Alguien habló alguna vez
de amar a dos manos.
En aquel instante no lo comprendí.
La ignorancia —o la falta de experiencia—
es a veces un velo
que nos aparta de lo real.
El tiempo,
ese silencioso maestro,
termina revelando
lo que la prisa del presente
no alcanza a nombrar.
No todas las respuestas
habitan en el hoy.
Algunas se gestan
en la paciencia del mañana.
A veces contemplamos una flor
y, antes de permitirle
alcanzar su plenitud,
sentimos el impulso de poseerla.
La arrancamos
y la declaramos nuestra.
Pero aquello que se toma
sin comprender su naturaleza
termina, inevitablemente,
marchitándose.
Entonces surge la pregunta:
¿qué buscamos realmente llenar?
Si hoy lo tradujera en un lienzo,
te vería de pie,
sosteniendo flores entre las manos.
No para nutrir el alma,
sino para adornar la mirada.
No para amar,
sino para ocupar un vacío.
Y entonces comprendí:
¿amar a dos manos?
¿a tres?
Tal vez el amor
nunca se trató
de cuántas manos.
Sino de aprender
que algunas flores
no necesitan manos,
sino tiempo
para florecer.
Ruth Cavero.
Con la ventana abierta
Mi bandera al pie de las velas.
Ruth Cavero.





