Permites que la nocturnidad soberana
se adueñe, sin resistencia, del instante;
y en ese abismo de penumbra consentida
te disuelves, te otorgas, te consagras…
con la limpidez irrefutable de lo verdadero.
La tierra —arcana, fecunda—
custodia en su entraña las simientes purísimas,
promesas intactas de una expansión luminosa,
un devenir que sólo admite lo excelso,
lo inmaculado, lo digno de perpetuarse.
Sembrar…
¡qué acto tan simple en su apariencia!
Casi ingenuo, casi divino,
como si bastara la intención
para convocar la perfección.
Pero no…
no es en el gesto donde habita la prueba,
sino en la espera,
en la custodia silenciosa del crecimiento,
en la fidelidad al origen.
Anhelo frutos de luz,
cosechas de esencia incorrupta,
verdades que no titubeen
ni se marchiten ante la duda.
La mentira —aun ínfima, aun susurrada—
no germina en lo sagrado.
No existe sol que la redima,
ni agua que la purifique.
Porque lo falso,
aunque disfrazado de semilla,
nunca conocerá
la eternidad de lo vivo.
Ruth Cavero.





