Respuesta a: Lágrimas de un papel
El peso del impulso
Quisiera llamarte…
pero prefiero el peso de este impulso.
No para demostrar que puedo sola:
me reconozco en tus ganas.
El orgullo no va contigo,
cariño mío…
cuando sientes tanto
y dices tan poco.
Sé lo que pasa
en ese corazón tuyo, lo sé…
incluso
cuando todo es silencio.
No estoy llorando,
no estoy lamentando nada.
Vivimos poco,
pero nos dimos tanto…
¿Quién podría robarnos eso,
si no somos nosotros mismos?
Cuando la noche llega
y el sol aún insiste,
vuelven los recuerdos…
empapados de un calor
que todavía me habita.
¿De qué sirve estudiar el deseo,
si la química dicta su propia ley?
A ti te gustan
las cosas que pocos entienden…
y sabes
que a mí también.
Ruth Cavero.
LA FIDELIDAD AL ORIGEN
Permites que la nocturnidad soberana
se adueñe, sin resistencia, del instante;
y en ese abismo de penumbra consentida
te disuelves, te otorgas, te consagras…
con la limpidez irrefutable de lo verdadero.
La tierra —arcana, fecunda—
custodia en su entraña las simientes purísimas,
promesas intactas de una expansión luminosa,
un devenir que sólo admite lo excelso,
lo inmaculado, lo digno de perpetuarse.
Sembrar…
¡qué acto tan simple en su apariencia!
Casi ingenuo, casi divino,
como si bastara la intención
para convocar la perfección.
Pero no…
no es en el gesto donde habita la prueba,
sino en la espera,
en la custodia silenciosa del crecimiento,
en la fidelidad al origen.
Anhelo frutos de luz,
cosechas de esencia incorrupta,
verdades que no titubeen
ni se marchiten ante la duda.
La mentira —aun ínfima, aun susurrada—
no germina en lo sagrado.
No existe sol que la redima,
ni agua que la purifique.
Porque lo falso,
aunque disfrazado de semilla,
nunca conocerá
la eternidad de lo vivo.
Ruth Cavero.
À deux mains
En el camino las flores florecen.
Todas orientan su rostro hacia el sol,
buscando abrigo y claridad.
Tal vez amamos como ellas:
inclinándonos hacia el calor
capaz de colmar
algún espacio del corazón.
Alguien habló alguna vez
de amar a dos manos.
En aquel instante no lo comprendí.
La ignorancia —o la falta de experiencia—
es a veces un velo
que nos aparta de lo real.
El tiempo,
ese silencioso maestro,
termina revelando
lo que la prisa del presente
no alcanza a nombrar.
No todas las respuestas
habitan en el hoy.
Algunas se gestan
en la paciencia del mañana.
A veces contemplamos una flor
y, antes de permitirle
alcanzar su plenitud,
sentimos el impulso de poseerla.
La arrancamos
y la declaramos nuestra.
Pero aquello que se toma
sin comprender su naturaleza
termina, inevitablemente,
marchitándose.
Entonces surge la pregunta:
¿qué buscamos realmente llenar?
Si hoy lo tradujera en un lienzo,
te vería de pie,
sosteniendo flores entre las manos.
No para nutrir el alma,
sino para adornar la mirada.
No para amar,
sino para ocupar un vacío.
Y entonces comprendí:
¿amar a dos manos?
¿a tres?
Tal vez el amor
nunca se trató
de cuántas manos.
Sino de aprender
que algunas flores
no necesitan manos,
sino tiempo
para florecer.
Ruth Cavero.
Con la ventana abierta
Mi bandera al pie de las velas.
Ruth Cavero.
DESPUÉS DE TI
He fundido mi corazón
En tus manos
Desde aquella madrugada
Cuando te conocí.
Tus ojos me atraparon
para nunca más dejarme ir.
¿Qué razón tuvo el destino de alejarte de mí?
Después de tantas trasnochadas junto a ti
Después de tantos versos cantados para ti
Después que acostumbrarás a mis labios.
Esos besos que se fundían en mí.
Has latido más de una vez aquí.
Incalculables son las veces que en mis sueños
Te he visto venir
Desvestirme hasta el alma y robarte
Mis sueños...
Una y otra vez.
¿Qué razón tuvo el destino de alejarte de mí?
Después de tantas trasnochadas junto a ti
Después de tantos versos cantados para ti
Después que acostumbrarás a mis labios.
Esos besos que se fundían en mí.
Son tus recuerdos.
Cadena en mi ser
Amargo y dulce a la vez.
Maldigo las horas al amanecer.
Aquellas que bañan de lágrimas
Al palpitar, arde más y más
Porque no estás màs
Junto a mí.
¿Qué razón tuvo el destino de alejarte de mí?
Después de tantas trasnochadas junto a ti
Después de tantos versos cantados para ti
Después que acostumbrarás a mis labios.
Esos besos que se fundían en mí.
Que razón, tenía el destino.
De alejarte así, de mi.
Alma Muse.






