Te veo buscando siempre el dolor,
como si el silencio fuera una tregua
que solo ampara
lo que no sabes soltar.
Como si la dicha te resultara ajena,
un idioma que nadie te enseñó a hablar.
Y, aunque sonríes,
una extraña melancolía se posa en tus ojos.
Me pregunto si el sufrimiento es tu peregrinación,
si desde que llegaste al mundo
no conociste otra cosa
que paredes y dolor.
Cuando te besaban y luego te golpeaban,
sentenciando: "Lo hago porque te amo",
no sé qué dejaron grabado en tu alma;
hay mentiras que envejecen
sin abandonar la sangre.
Te encerraron en una cárcel
donde, aunque las puertas estén abiertas,
no logras escapar.
Ella te miró a los ojos,
te abrazó y te dijo: "Te amo".
Pero maldijo tu nacimiento
antes de que el eco se apagara,
reprochando incansable
cada caricia que alguna vez te dio,
hasta convertir cada abrazo
en una deuda.
Y ahora, aunque se fue,
la escucho en tu voz.
En cada nota que le cantas,
diciéndole al vacío que la extrañas.
Ella murió.
Y se llevó todo,
menos la cárcel.
Ruth Cavero.







