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INICIO


Al fin he llegado, al inicio, 

mi verdadero inicio.


No es perfecto…

… Pero está bien.


El camino estuvo espinoso,

lleno de ruido y desorientación,

Sin embargo... lo he conseguido.

 

Elevarme entre todo y encontrarme,

ser dueña de mi propia brújula.

 

Ruth Cavero.

28/04/21

Artista, emoción, pasión y fuego.


Bajo los estándares de la sociedad 
encajar en un molde puede ser abrumador,
cuando limitas tus emociones, encapsulas tu ser.
Un artista nace con alas propias, 
lugar donde todo es posible, 
alas que lo llevan por lugares inimaginables,
no puedes encerrarlo, atraparlo o asfixiarlo.
Vívelo como una bendición, acéptalo, es mejor... 
Canalízalo, crea, dale su lugar, ama. 

"No puedes detener ese fuego, no puedes.
Tarde o temprano ya no podrás frenarlo más.
No puedes luchar con la naturaleza, la naturaleza del ser,
Llegará el día que frente a frente has de enfrentarlo,
acéptalo, acéptate... déjalo volar, volar alto... En libertad."

Por eso mismo esto es para ustedes, 
artistas... para recordarles su poder y su magia.

Ruth Cavero (Autor)
05/04/2021

UN TRECHO ANTES DE LA LUZ


Si las líneas de mis manos hablaran
y cada centímetro de mi piel marcada
dijera lo que pasé para llegar aquí…
el dolor, las tristezas y las penas,
todas hundidas en un mar de llanto
sin nombre.

Padecí frío en mi propio corazón.
Me inundé de soledad y vacío.
Grandes heridas, cavadas por mí misma,
me dolían a morir,
como espinas que sangraban en silencio
cada noche,
junto a mis lágrimas.

Mientras la luna alumbraba mi ventana,
cerraba los ojos para no verla.
Me cubría de sábanas
para no dejar entrar la luz.
Así fue:
fui verdugo de mi propia alma,
la fui apagando
sin darme cuenta.

Una noche,
una mañana,
o una tarde —no lo recuerdo—,
algo nació desde mi piel.

La primera marca
que habló más alto que yo
me abrió los ojos
y me sacó de la oscuridad.

Sentí un susurro junto a mi oído:
“mira… mira…”

Volteé con asombro.
Era yo,
o lo que quedaba de mí.

La voz volvió y dijo:
“esto fuiste,
esto eres ahora.”

Mírate.

Sentí miedo.
Pero también respiré.

Entre tanta sombra
apareció un punto mínimo de claridad
que alumbró la cueva más profunda
que había visto en mi vida.

Era mía.
La había cavado día tras día.
Tan honda
que no alcanzaba a ver el fondo.

Y entonces entendí:
esa figura inmóvil
no era yo,
era lo que había permitido
que me consumiera.

Abrí las cortinas.
Dejé entrar el aire.
Lavé las heridas del corazón
y las dejé cerrar
con cuidado.

Sobreviví a la muerte que llevaba dentro.
Empecé a cubrir esa tumba.
Volví a leer el destino
escrito en mi piel.

Mi corazón latió.
Sentí otra vez.

Y en cada fibra profunda de mi ser
—alma y cuerpo—
supe
que aún estaba aquí.



Ruth Cavero.