Si rueda una gota de agua y sal
—no como llanto,
sino como residuo—
y el olvido se espesa
hasta borrar tu nombre,
gritaré.
No para que vuelvas,
sino para no desaparecer.
Y si no quieres oírlo,
no importa:
mi voz ya aprendió a firmarse
con tu ausencia.
Quedará inmóvil,
sellada en el abismo,
donde nada responde.
Solo la sal,
tibia y obstinada,
rodando donde no estás.
Entonces el dolor dejará de doler.
Se hará piedra.
Sol.
Fuego detenido.
Y yo abrazaré la pena
no para salvarla,
sino hasta que se desgaste,
hasta que se quiebre,
hasta que el olvido
me aprenda
de memoria.







