Lágrimas de un papel II




Ya no te nombro en partes.
Vengo a buscarte
a todas las edades
donde te quedaste esperando
que alguien no se fuera.

A la niña del sol
le digo que no tiene que brillar
para ser elegida.
A la de la luna
que llorar no le quita profundidad al amor,
se la da.
A la que no creía en Dios
la entiendo:
creer duele cuando se perdió todo.
No te pido fe,
solo descanso.

A la que dormía en la nube
ya no la despierto de golpe.
Le traigo agua.
Le traigo cuerpo.
Le digo: puedes bajar cuando quieras.

A la sonriente
le deslizo la máscara sin reproche.
No la juzgo.
La abrazo.

A la de obsidiana y papel
no le pido que se vuelva blanda,
solo que deje de defenderse de quien ya no está.

Ya no te observo desde lejos.
Esta vez me quedo.
Y si todavía duele,
no es porque estés rota,
sino porque estás viva
y ya no huyes de lo que sientes.

No hay que ser inocente.
No hay que ser fuerte.
Solo estar.
Contigo.
Completa.


Ruth Cavero.

LA FIDELIDAD AL ORIGEN



Permites que la nocturnidad soberana

se adueñe, sin resistencia, del instante;

y en ese abismo de penumbra consentida

te disuelves, te otorgas, te consagras…

con la limpidez irrefutable de lo verdadero.


La tierra —arcana, fecunda—

custodia en su entraña las simientes purísimas,

promesas intactas de una expansión luminosa,

un devenir que sólo admite lo excelso,

lo inmaculado, lo digno de perpetuarse.


Sembrar…

¡qué acto tan simple en su apariencia!

Casi ingenuo, casi divino,

como si bastara la intención

para convocar la perfección.


Pero no…

no es en el gesto donde habita la prueba,

sino en la espera,

en la custodia silenciosa del crecimiento,

en la fidelidad al origen.


Anhelo frutos de luz,

cosechas de esencia incorrupta,

verdades que no titubeen

ni se marchiten ante la duda.


La mentira —aun ínfima, aun susurrada—

no germina en lo sagrado.

No existe sol que la redima,

ni agua que la purifique.


Porque lo falso,

aunque disfrazado de semilla,

nunca conocerá

la eternidad de lo vivo.


Ruth Cavero.