Amores sin cuerpo


Me dejé caer

al fondo del abismo,

buscando el eco

de aquello que dolía.

Ciega de mí misma,

analfabeta de mis propias raíces,

caminé durante años

sobre heridas disfrazadas de silencio.


Camuflé el dolor,

negando la grieta,

como si ignorarla

pudiera salvarme de sentir.

Pero las cicatrices

también tienen memoria.

También respiran.

También reclaman

su derecho a existir.


Entonces hizo falta la penumbra.

El instante exacto

en que el alma, cansada de esconderse,

decide desnudarse frente a sí misma.

Y allí estaba yo,

sumergida

en un mar de agua salada,

viendo cómo flotaban lentamente

los restos de antiguos naufragios.


Dolores dormidos.

Miedos heredados.

Vacíos sin nombre.

Uno a uno

salieron a la superficie.

Y una a una, también,

me fui encontrando de nuevo.


De la debilidad

forjé mi armadura.

De las ruinas

construí un barco.

Y con manos temblorosas,

aprendí a navegarme.


Ahora sé

que la luz también existe

dentro de las tormentas.

Que incluso en la noche más oscura

había algo guiando mis pasos,

aunque mis ojos

no pudieran verlo todavía.


Nunca estuve sola.

Nunca.

Hay amores que no tienen cuerpo

pero sostienen.

Pensamientos que alguien envió al aire

sin saber adónde iban,

y llegaron, exactos,

al lugar donde yo me rompía.


Alguien, sin conocerme del todo,

me amó de todas formas.

Alguien pronunció mi nombre

dentro de su pecho

sin saber que lo hacía.


Y algo más vasto que todo eso

sin forma, sin distancia, sin frontera

nunca soltó el hilo.


Y hoy,

después del derrumbe,

del invierno,

de las mareas rotas,

comprendo al fin:

soy amada.

Soy guiada.

Y lentamente,

después de tanta sombra,

ya no le niego

la cálida luz

de la que mi alma es dueña.


Ruth Cavero.