Había dormido de largo...
sonreído al cansancio y a sus ojos pálidos,
avivado en ellos... la esperanza.
Había sentido el palpite de sus lagrimas,
de aquella helada en su vientre...
el alma pura de la luz
Había perdonado sus azotes,
su alma cruda, deseando su regreso...
había suplicado a Dios sus lagrimas de amor.
Había roto mi corazón...
para construir con él... ¡un cofre de dolor!
habíendo matado la esperanza aquí.
Sin pensar en un mañana... en nada,
regresaría al fin…
aquella añoranza que llaman “felicidad”
ROMINA CAVERO.