Sonido de mi soledad



Sonido de mi soledad…
eso que corre en mis venas,
¿es amor…
o algo que mi corazón aún no nombra?

Pero sé de ti.
De ese nombre
que mis labios pronuncian sin duda.

Junto el sonido del mar
con este vacío que me habita,
y mi soledad
te canta,
al chico de camisa azul.

Doy cuerda a este sentir
día tras día,
a esta fuerza insistente
que aprende a vivir
con tu lejanía.

El aire se llena de un pulso invisible,
el mismo que respiramos
tú y yo… a lo lejos.

Te amo,
y duele no poder tocarte.

Esta soledad
tiene tu forma.

Late.

A veces todo se vuelve silencio,
como si el mundo
se apagara por dentro.

Quisiera arrancar este clavo
que atraviesa mi pecho,
y unir, sin distancia,
tu cuerpo con mi alma.

Te envío este mensaje en humo,
frágil…
pero constante.

Me prometo no llorar tu ausencia,
aunque mi voz me contradiga.

Tal vez esta soledad
solo espera un beso
para tener sentido.

Escucha…
mi corazón insiste:
ta… ta… ta… tan…

Hoy me quedo en el umbral
de una visión,
mientras la soledad, en mi puerta,
pide en silencio
una bendición.

Es un llanto que nadie oye.

Pero tú…
¿lo sueñas?

¿Sientes mis pensamientos
cuando duermes?

¿Descifras este lenguaje
en tu mente soñadora?

Porque en la mañana
dejas tu huella en mi ventana,
como un susurro leve:
“estuve aquí”.

Y luego te vas…

dejándome esta soledad
descalza,
perdida entre calles
donde el mundo pasa sin mirar.

Y aun así…

te siento.

Aquí.
Dentro de mí.

Me piensas…
lo sé.

Y en esa certeza
mi soledad respira,
en medio de un silencio
que encontró su propia voz,

y aprendió a quedarse
sin dejar de esperarte.


Ruth Cavero

Ven esta noche cuando todos duerman




Ven esta noche, cuando todos duerman,
cuando la luna alumbre y las estrellas
caigan sobre mi cama como lluvia quieta,
en esta oscuridad perfecta,
bordada de astros escarchados.

Que suenen los trineos
sin que llegue la Navidad,
al son de cánticos que no nombro.

Mi cuerpo, desnudo, espera…
sediento del elixir
que guardas solo tú.

Que tus movimientos dancen
sin terminar sobre mí,
que morir en tus brazos
sea un vicio sin lamento
al que regresar cada mañana.

Ven esta noche, cuando todos duerman,
cuando las mariposas nocturnas
canten solo para mí,
y la arena ardiente
flote sobre mi piel.

Ferviente.
Vulnerable.
Entregada a ti.

Toma mis cabellos con urgencia,
que tus movimientos rocen el cielo
y lo traigan hasta aquí.

Que tus sabores se fundan en mi vientre,
enredada en un erotismo lento,
salvaje…
tuyo.

Ven esta noche, cuando todos duerman,
cuando incluso el silencio
se incline a escuchar.

Si oyes un grito en el cielo…

seré yo,
llamándote.


Ruth Cavero.